Diario Digital

La carreta, los bueyes y a la fiesta

En 1988 cuando los chilenos decidieron a través de un plebiscito entre continuar con la sangrienta dictadura que los había gobernado durante casi dos décadas, o dar paso a una transición hacia la democracia, el papel que jugaron los jóvenes votantes fue crucial. Muchos concurrieron por primera vez desde su nacimiento a votar, esos jóvenes que únicamente conocían la vida con restricciones a la libertad en su mayoría optaron por acabar con el régimen de Pinochet. Muy probablemente, pocos adivinaron en ese momento que la participación de los menores de treinta años descendería dramáticamente elección tras elección a partir de ese 5 de octubre.

Los motivos por los cuales se haya producido este fenómeno pueden ser múltiples: desde la frustración proveniente de la instauración de un modelo democrático tutelado por los mismos militares que durante años habían asesinado y torturado a destajo (sin ir demasiado lejos, el General Pinochet continuó siendo Comandante en Jefe del Ejército), hasta las mañosas prácticas de muchos de los nuevos políticos; pasando por la decisión tomada por los sucesivos gobiernos concertacionistas  de administrar un sistema económico impuesto a punta de metralla durante los oscuros años del totalitarismo pinochetista, sin hacer mucho esfuerzo por cambiar el modelo y únicamente aplicando paliativos a este.

En ese estado de las cosas, apareció como una necesidad incorporar al padrón electoral a los millones de jóvenes que pudiendo hacerlo no se inscribían. La solución que se instaló como un dogma ante tal problema fue la instauración de la inscripción automática acompañada del voto voluntario. Así, todos aquellos que antes no quisieron retirar la invitación para asistir a la fiesta, pueden llegar a ella sin antes dar aviso de concurrencia.

La solución parece perfecta: estamos todos inscritos, si no queremos votar no tenemos que excusarnos y no nos exponemos a multa alguna. Mientras más importantes sean los temas discutidos, más cuestiones estén en juego, más capaces de convocar sean los políticos,  será mayor la participación (no solamente de los jóvenes, sino de todo el electorado).

Los promotores de la inscripción automática con voto voluntario olvidaron algunas cosas antes de instaurarlo. No sirve de nada incorporar a sendos sectores de la sociedad al padrón electoral si al concurrir a votar (en el caso que se motiven a hacerlo), se encontrarán con sistemas de elección poco representativos. De continuar existiendo el sistema binominal, será un fuerte desincentivo a la participación de aquellos que se incorporan a los registros.

En un escenario ideal, tendríamos millones de nuevos votantes asistiendo en masa a sufragar convencidos por políticos; ávidos por encontrar en los legos en escrutinios el soñado escaño; llevando a cabo campañas llenas de discusión, ideas y altamente convocantes. Esos nuevos votantes se encontrarán con una escena completamente distinta. Un sistema binominal en que 66% vale lo mismo que 34%; en el que se privilegian las alianzas de partidos sobre las votaciones individuales, los candidatos son impuestos a dedo por los partidos sin participación ciudadana, la elección de independientes es prácticamente imposible, los temas relevantes han sido blindados por un sistema de quórum que el binominal hace imposible alcanzar; hay distritos y circunscripciones sobrerrepresentadas y a su vez otras que lo están mínimamente. Tan débil es nuestra democracia, que si un día el Presidente de la República decide que aquel joven Diputado en que creyeron y eligieron debe ser Ministro de Estado, el joven Diputado abandonará el cargo para ser reemplazado por quien designe su partido político, no existiendo otra coincidencia que la militancia entre el electo y el que finalmente ocupe el cargo.

Los mencionados son solamente algunos de los problemas con que se encontrarán los recién llegados al jolgorio democrático. La cuestión es que cuando a alguien no le gusta una fiesta es probable que no vuelva a asistir a una semejante. Parece ser que antes de la carreta (inscripción automática con voto voluntario) había que preocuparse de los bueyes (verdaderas reformas para asegurar la participación de una ciudadanía debidamente informada y representada). De no mediar modificaciones legislativas, a poco andar nos quedaremos con un gigantesco padrón que únicamente servirá para abanicarse en verano.

Escrito por  Fernando Brun
Miembro de Chile Participa

www.chileparticipa.cl

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