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Nueva derecha, etiqueta discursiva

La “nueva derecha” que promueve el ministro del Interior, Rodrigo Hinzpeter, surge como una etiqueta discursiva para englobar una serie de acciones realizadas por el gobierno, las cuales rompen con la percepción que la ciudadanía tiene de la derecha tradicional, percepción que la identifica con la dictadura de Pinochet y con los intereses del gran empresariado.

La “nueva derecha” viene a suplir el vacío que a futuro dejará “la nueva forma de gobernar”, eslogan de campaña con fecha de vencimiento. Actualmente, “la nueva forma de gobernar” aún es una etiqueta que está siendo llenada de contenidos. La eficiencia sigue siendo el puntal del relato que el gobierno y la Coalición por el Cambio buscan construir para satisfacer expectativas de los electores frente a la promesa de campaña. Sin duda, el rescate de los mineros en Atacama fue la mayor oportunidad para llenar de contenidos el eslogan. Pese a todo, en uno o dos años, el modo de gobernar de la derecha ya será conocido y habrá perdido novedad.

La “nueva derecha” es una apuesta más profunda. Es una apuesta político-electoral de futuro. Al contrario de lo que debería esperarse –construcción de un proyecto político-programático que luego se traduce en acciones coherentes con los lineamientos establecidos- la propuesta de Hinzpeter se basa en hechos consumados que requieren un nombre propio. Es decir, es una suma de acciones ejecutadas por el Gobierno, estratégicamente proyectadas hacia la opinión pública como acciones que no concuerdan con las expectativas que la ciudadanía tiene respecto del actuar de la derecha chilena. Aumento de impuestos, incremento del royalty, voto voluntario, querellas por casos de violaciones a los derechos humanos, son estratégicamente comunicadas con la finalidad de mostrar que el gobierno de Sebastián Piñera no responde a los estereotipos de una derecha vinculada a la dictadura o que es expresión del gran empresariado.

Las respuestas que estas acciones, estratégicamente comunicadas, generan en sectores dogmáticos de la misma derecha (las columnas de opinión de Hernán Büchi en El Mercurio con clara expresión de ello), en las dirigencias partidarias o en los parlamentarios más tradicionales del sector, contribuyen a construir un escenario en el cual los elementos interactúan de manera tal que es posible percibir la emergencia de una manera de ejercer el Gobierno, en algunas materias, que difieren de lo que esperarían los integrantes de la derecha más aferrada a los dogmas neoliberales o los dirigentes de los partidos políticos de la Coalición por el Cambio.

La “nueva derecha” no parece ser una propuesta programática. Es por ello que los partidos del sector recelan de ella. Se presenta, más bien, como una forma de proyectar, mediante un nombre propio, una manera de ejercer el poder ejecutivo, caracterizada por un actuar pragmático, que no tiene problemas en tomar ideas identificadas con sectores políticos opuestos y aplicarlas a través de medidas gubernamentales.

Esta apuesta busca ampliar la base de apoyo político del sector con miras a asegurar una continuidad en el poder para un próximo periodo. Se busca fidelizar un voto de centro, que respaldó la opción de Piñera cautivado por la necesidad de un cambio. Pero muchos de ellos, que siempre habían votado por la Concertación, respaldaron a Piñera para “probar” cómo lo hacía otra coalición en el Gobierno.

Cristina Bitar, ex generalísima de la campaña presidencial de Joaquín Lavín en 2005 y consultora en comunicaciones (Hill & Knowlton Captiva), ha venido llenando de contenidos discursivos la etiqueta de la “nueva derecha”, desde antes de su puesta en debate por el ministro Hinzpeter. A juicio de Bitar, la “nueva derecha” puede llegar a ser una alternativa política amplia, pues podría captar las expectativas de la clase media emergente (aquélla que surgió gracias a las políticas públicas aplicadas por la Concertación). “Cabe ya advertir que estamos probablemente frente al surgimiento de un nuevo eje en la política chilena, con una opción liberal que asume la libertad económica junto con la libertad política, en una propuesta que resulta muy coherente con la sociedad del siglo XXI y con un país que ya se acerca al desarrollo. El tiempo de las exclusiones, las categorías de amigos y enemigos está superado. El electorado que derrotó a la Concertación está conformado por una gran clase media emergente, que valora lo bueno del mercado, cuyos hijos estudian en colegios particulares subvencionados, que aspiran a estudiar en universidades privadas y que ven para su futuro una opción laboral en la empresa privada o, mejor aún, siendo ellos mismos emprendedores que crean su propia empresa” (Bitar, C. La Segunda: 26 de abril de 2010).

A comienzos de los noventa, la Concertación demostró que de ser una alianza construida para derrotar a Pinochet y recuperar la democracia, podía proyectarse en el tiempo a través de una manera de gobernar que rompía con los estereotipos que desde la derecha se construían acerca de ella. La Concertación adoptó y adaptó el modelo económico impuesto por la dictadura, profundizó el libre comercio y mantuvo la participación del sector privado en áreas como la salud, la educación y la previsión social. Agregó los puertos a la cartera de privatizaciones y las concesiones de infraestructura. Arrebató banderas que entonces pertenecían a la derecha liberal, al punto de generar debates internos que hasta hoy se mantienen.

La “nueva derecha” pareciera inspirarse en ese modelo que dio éxitos electorales a la Concertación durante cuatro mandatos presidenciales.

Marcelo Vega Reyes

Periodista

Magister en Comunicación

@ER
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