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Desigualdad social La Unión, una réplica de la estirada brecha económica de nuestro país

En muchas ocasiones nos ha tocado escuchar que nuestro país es uno de aquellos que tiene la brecha de desigualdad más alta de Latinoamérica, lo cual representa básicamente, que la riqueza económica se encuentra concentrada en unos pocos, en desmedro de la mayoría, cosa que se ha venido acentuando cada vez más en el mundo y por su puesto en Latinoamérica.

En este ámbito surge el llamado flagelo de la desigualdad, representando el plato fuerte de cualquier discurso político de antaño y que hasta el día de hoy es infaltable. Sin embargo, cuando se trata de ejecutar y realizar cambios profundos en un país, una región o más específicamente en una localidad, podemos apreciar que queda en segundo, tercer o cuarto plano, todo lo relacionado con pobreza y exclusión, mutando desde el buen discurso a la generación de un malestar del que nadie quiere hacerse cargo. Aunque muchos gobernantes y autoridades lo tengan en la retina, sigue siendo una piedra en el zapato para ellos, una piedra que están dispuestos a llevarla a todos lados, porque simplemente creen que a quienes les afectan directamente estos flagelos, han perdido la conciencia de vivir en la miseria, por cuanto muchas veces no lo manifiestan abiertamente por temor a perder más de lo poco que les queda.

Por su puesto que la ciudad de La Unión no es la excepción de la regla. Para graficar estas palabras puedo comentarles que según algunos de los pocos libros que hablan de la Historia de La comuna (Ramírez y Báez, 2009). Después de la segunda guerra mundial, llegaron muchos extranjeros al país, tratando de soslayar el vejamen que afectaba a muchas personas a nivel mundial, buscando alternativas de sobrevivencia que llevan a generar nuevas formas de emprendimiento; digo esto, porque en nuestra ciudad ocurrieron muchos casos, que ciertamente son dignos de destacar, puesto que fueron los primeros indicios del tan alabado progreso en La Unión, que tuvo su cúspide en la década en los años 70’.

No obstante, existen pocas evidencias históricas de la ciudad que permitan ahondar un poco más en el gran aporte de muchos campesinos, indígenas, mujeres y trabajadores en general, que ayudaron a construir tal progreso, con esfuerzo, dedicación y sacrificio, el cual sólo queda plasmado en la retina de quienes alcanzaron a vivir en carne propia todas esas abadías, lo que tal vez caducará cuando éstas personas dejen ya de existir.

Ahora bien, si realizáramos un vistazo a otros libros de historia de nuestro país, nos encontraremos que invisibilizan la labor realizada con ahínco, de la mayoría de nuestros antepasados no muy lejanos, destacando solamente hazañas heroicas de guerra, además de las obras realizadas por alguna u otra autoridad de épocas pasadas. Con esto no quiero banalizar todas aquellas hazañas que nos cuentan nuestros profesores de historia desde la enseñanza básica que, por cierto, forman parte de nuestra cultura popular, pero al mismo tiempo creo que dan un énfasis demasiado inclinado hacia la búsqueda de prototipos a seguir, ligados preferentemente al poder económico, político o administrativo.

Estas omisiones nos llevan a pensar que desde el pasado, se evidencian contundentes huellas y registros de desigualdad en nuestra ciudad, respecto a la importancia que se le daba a la clase obrera en épocas pasadas, prácticas que en nuestros días se siguen repitiendo, pero que pocas veces se hace notar, debido al temor que se le tiene al poder económico que se ha concentrado en unos pocos, al igual que a nivel nacional, pero con la diferencia que en esta ciudad parece ser más acelerado, puesto que cada día hay menos oportunidades para los trabajadores, dando paso a otro problema que más adelante hablaré en detalle, como lo es el gran desempleo, que obliga a los Unionínos a salir de la ciudad, para encontrar caminos que lo lleven a superar sus problemas fundamentalmente económicos.

Hoy en día necesitamos en nuestras localidades una fuerte cohesión social, que debe tender a superar las trabas sociales que todavía persisten y que no son otra cosa que la falta de oportunidades sociales para acceder a los postulados básicos de vivencia y no tan sólo sobrevivencia, resultando indispensable para nuestro bienestar como comunidad.

Es una gran oportunidad que tienen las ciudades de propender a la cohesión social, debido a la cercanía con los problemas de las personas que no son muy distintas en cuanto a sus necesidades, por lo tanto, se presenta una base de conocimiento intrínseco que debería apuntar a la generación de políticas públicas de infraestructura, salud, educación, empleo, cultura participación social entre otras (Ghirardi, 2008); todas pensadas para disminuir la brecha comunal de pobreza, así como también emplazando a empoderar a la clase media con incentivos que no necesariamente deben ser valorados en pesos, sino que puedan servir como soporte y estandarte de la lucha contra la exclusión que, es en definitiva, el flagelo más latente de la discriminación en ésta y cualquier otra ciudad que presenta una evidente carencia en varios niveles de gestión y que involucra tanto lo público y lo privado.

Veo una gobernanza tan pobre en ideas, nuevas formas de agilizar los factores sociales, económico y culturales, que podrían utilizarse como canales instrumentales que actúen como agentes de proximidad hacia la facilitación de canales de entendimiento adecuados y adaptados a la realidad presente en nuestra ciudad, pero parece que nadie se quiere dar cuenta de ello.

Para finalizar, debo señalar que para disminuir la brecha de desigualdad en una ciudad como La Unión, existen muchas ideas, herramientas, fórmulas, etc., pero sin la existencia de un liderazgo potente convencido de su gestión, capaz de coordinar los diferentes entes sociales, empresariales, gubernamentales y la comunidad en general, solamente seguiríamos dando palos de ciego… es que seguir como estamos, tiene costo cero; en cambio si instamos a generar inclusión en los diferentes ámbitos de nuestra sociedad, costaría mucho, pero la satisfacción obviamente sería producto del esfuerzo de todos… En uno de sus discursos, el Ex – Presidente de E.E.U.U., John Kennedy, aseguraba que iba a suprimir la pobreza en toda la raza humana, y todos le aplaudieron y miraron con gran esperanza; luego en otro de sus discursos, adelantó que en su mandato el hombre llegaría a la luna. Todos quienes lo escucharon se rieron e incluso lo trataron de loco… juzguen ustedes… finalmente lo inimaginable sucedió, pero qué pasa con la exclusión y pobreza en La Unión, Chile, América Latina, el mundo… parece que nos hemos quedado en la vereda del frente, para ser unos meros observadores.

Guido Asencio Gallardo

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