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El liderazgo en el siglo XXI

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Por Dr. Franco Lotito C.

El nuevo escenario que nos brinda el siglo XXI representa un gran desafío para el ejercicio del liderazgo, ya que es un escenario en permanente cambio y transformación, cuya única constante –aunque parezca contradictorio– es, justamente, el cambio. Esta es la razón de fondo, por la cual, los líderes empresariales deben desarrollar la capacidad de adaptarse de manera rápida a esta nueva realidad, con el fin de poder sobrevivir y superar la fuerte competencia que llega desde todos los rincones de nuestro planeta, por cuanto, la globalización ha llegado para quedarse.

Ello significa, que tanto las empresas nacionales, como así también aquellos que las lideran, deben, primero que todo, identificar y descubrir cuáles son las principales claves que permitirán a dichos líderes adaptarse y, por esta vía, estar, justamente, en sintonía y armonía con los nuevos tiempos. Un gran científico y adelantado de su tiempo, Charles Darwin, puso en evidencia lo anterior, cuando señaló en su obra “El origen de las especies” publicado, nada menos, que en el año 1859, que no era la más inteligente de las especies la que sobrevivía, sino que aquella que era capaz de adaptarse mejor al entorno y medio ambiente que la rodeaba.

En función de lo anterior, si este nuevo líder desea “sobrevivir”, entonces deberá apuntar todos sus esfuerzos, ingenio y creatividad en la detección, identificación y análisis de las claves impuestas por la globalización en los mercados internacionales, entre cuyas claves, este directivo está obligado a considerar: a) la importancia de las personas en las organizaciones, b) la valoración del trabajo en equipo, c) la capacidad de liderar y gestionar a otros desde (y con) una perspectiva absoluta –y predominantemente– ética, d) la superación de lo meramente racional con el gran objetivo de dar cabida a la Inteligencia Emocional, a la empatía y a la creatividad de los seres humanos.

Los verdaderos líderes han comprendido –y han sabido aquilatar, finalmente– que las personas, es decir, el Capital Humano, representa algo más que tener un mero “par de manos” a disposición de quien lidera: también tienen un poderoso instrumento a su servicio –su cerebro– al que debe sacársele el máximo provecho, en beneficio, precisamente, de ambas partes de la ecuación económica, a saber, la empresa y el trabajador.

Ahora bien, si definimos a la “Cultura Organizacional” de una empresa como aquél conjunto de principios, valores, usos y normas de conducta que identifican a una determinada organización y la distinguen de otra, entonces la cultura organizacional de una empresa debe estar en condiciones de brindar a todos sus colaboradores, primero que todo, un sentido de identidad y de autorrealización; en segundo lugar, esta cultura organizacional debe entregar un espacio generoso que permita la expresión de las emociones, en línea con lo que propugna la práctica de la Inteligencia Emocional; en tercer lugar, debe dar cabida a la curiosidad intelectual y a la creatividad de las personas; en cuarto lugar, debe propender a la generación de confianza, tanto en uno mismo, como así también en los otros trabajadores y, finalmente, proveer la posibilidad cierta de un aprendizaje continuo y constante.

Tal como lo señalara el reconocido investigador y futurólogo Alvin Toffler: los analfabetas del siglo XXI no serán aquellas personas que no sepan leer ni escribir, sino que aquellas que no sepan aprender, desaprender y reaprender, con un fuerte énfasis en la capacidad de adaptación.

Predispongámonos entonces, a aprender y ser sujetos creativos. La red neuronal de nuestro maravilloso cerebro tiene a disposición un potente y generoso espacio a disposición. Tanto, como para rendir grandes frutos en beneficio de aquellos líderes responsables, honestos y con carácter ético que administran y gestionan empresas, a saber: un trabajo bien hecho y de calidad, acompañado de un alto nivel de productividad en un grato ambiente de trabajo.

 

 

 

@ER
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