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Pablo Fontaine Aldunate, Sagrados Corazones: “Creo en una Iglesia subversiva”

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3 mar de 2015. A sus 89 años, trabaja en su parroquia de La Unión (Región de los Ríos), escribe artículos y contesta mails con la diligencia de un cibernauta. Fontaine es de los curas que critican duramente a la élite de la que provienen: a los católicos ricos les duele que haya pobres, pero no tan sinceramente como para compartir su riqueza con ellos, piensa hace mucho. También considera grave el tono rabioso que ha imperado en los debates por las reformas. “Puede que perdamos la mística de hacer un país”, advierte.

Esta entrevista la realizó el sitio theclinic.cl

¿Por qué lleva tanto tiempo trabajando en La Unión?

No hay una razón clara que explique mi permanencia de 19 años en La Unión. Tal vez después de mucho tiempo dedicado a la formación de religiosos, consideraron conveniente dejarme más estable en tareas pastorales… ¡o tal vez nadie me necesitó en otra parte! En todo caso, es un buen lugar para vivir. No todo es idílico, pero los que deben irse por trabajo o estudio se van con pena.

El año 2014 fue movido, pero raro. ¿Cómo ha visto el proceso de las reformas que instalaron las demandas sociales del 2011?

Esas demandas me parecieron algo positivo y esperanzador, pero en el camino ha resultado más difícil. Uno habría esperado mayor diálogo y mayor hondura en los debates.

¿En qué sentido?

Parece que resulta difícil disentir de otro sin estimar que ese otro es un enemigo. Además hay puntos muy delicados, como el aborto, que no se debaten con calma, tratando de entender las distintas posiciones. Lo mismo en los debates sociales, donde a veces pareciera que cada uno acusa al otro de defender posiciones extremas: o eres partidario de un mercado totalmente libre y descontrolado o de un socialismo dictatorial. Creo que esa liviandad al debatir, unida a cierta soberbia, dificultan nuestro progreso. Y considero que esto es grave y con muchas consecuencias hacia adelante.

¿Qué tipo de consecuencias?

Que se desprestigie el diálogo ciudadano, porque eso puede significar que baje el interés por promover el bien común, y en definitiva, que perdamos la mística de hacer un país. Es muy importante que ese diálogo ciudadano no sea de sordos, que la gente no vea sólo discusiones intrascendentes o interesadas, hablando a la galería.

¿Usted se maneja en las redes sociales de Internet? Ahí sí que se discute a combos.

No me manejo mucho en las redes, pero a veces, a continuación de un artículo o noticia, leo unos comentarios furibundos que parecen revelar una rabia latente, desahogándose en cuanto se abre la compuerta. No podemos renunciar a ponernos de acuerdo entre seres racionales.

¿Dónde identifica las causas más profundas de esa intolerancia?

Quizás, yendo muy atrás, se podría pensar que nuestro mundo técnico nos ha acostumbrado a la inmediatez del botón power. Somos impacientes para escuchar al otro, esperarlo, entenderlo y aceptarlo. También ha crecido el interés por lo material, las cosas, el tener: “ten éxito”, es decir “ten dinero, ten poder, ten placer”. Por eso somos luchadores entre nosotros, competidores y finalmente adversarios. Se ha ido dejando de lado el mensaje de Jesús que tiende precisamente a hacer un mundo de hermanos y de personas que valen como tales. Incluso hemos llevado la soberbia a nuestras relaciones internacionales.

¿Con quién hemos sido soberbios?

Concretamente con Bolivia. Nuestro tono ha sido de suficiencia y cierto menosprecio. Ya el Concilio Vaticano pedía que nuestras relaciones entre países fueran fraternales. No ha sido así. Bolivia de hecho es un país enclaustrado. Al menos lo vive así y lo siente como una humillación sufrida en una guerra de conquista. Voy a decir algo que incomoda: aunque tengamos razón según los tratados, ¿por qué no ir más allá y darle una faja de tierra soberana a Bolivia? Yo sé que me pueden linchar por esta proposición, pero se trata de vivir el Evangelio y ponerse en el lugar del otro. Habría muchos problemas técnicos que enfrentar, pero lo primero es querer.

A LOS CATÓLICOS RICOS

En 2012 usted escribió una “Carta a los (católicos) ricos” pidiéndoles un mayor esfuerzo. ¿Tuvo acogida la carta entre sus destinatarios?

Poco he sabido de esa acogida. Sólo que un pariente empezó a enviarme un dinero mensual para familias pobres, de lo que estoy agradecido.

¿A los ricos les duele que en Chile haya pobres?

Me parece que en general les duele, pero querrían que las cosas mejoraran sin gran sacrificio para ellos. Lo que es explicable, pero también lamentable.

En esa carta decía: “¿Es tan imposible que uno que gane 6 millones mensuales destine un millón para sus hermanos más desfavorecidos?”. Cualquiera que gane 5 millones le diría que se le está pasando la mano.

Es posible. Pero justamente pienso que para que haya justicia, no hay otro camino que una generosidad extrema. No basta decir “seamos justos”. Esa mujer que arrastra con dificultad un pesado carretón es mi madre. Ese niño que llora de vergüenza por no tener un traje decente, es mi hijo. Déjeme explicarle lo que siento desde hace mucho tiempo. La gente rica lamenta la desigualdad y la pobreza, y seguramente muchos cooperan con sus conocimientos para mejorar la situación; pero mientras tanto, viven en la abundancia y no titubean en darse lujos que están a años luz de los que pueden sus compatriotas pobres. ¿Es legítimo salir en familia a pasearse por el mundo, hacer cruceros a todo lujo, tener varios autos caros, gran cantidad de joyas, hacer que sus hijos tengan todo lo que pidan? Para que fuera sincero ese dolor por el pobre y verdaderas las ganas de solucionarlo, yo desearía que esa gente diera mucho de su plata. Pero no para repartir billetes en las esquinas, sino para crear muchas fuentes de trabajo y de diversos tamaños. Hubo un tiempo en Chile lo que se llamó “Trabajo para un hermano”, que era una empresa con capitales formados por donaciones. ¿Cómo no va a poder la inteligencia empresarial crear algo así, juntando la “donación”, la que le duele al bolsillo, con un aumento de la producción y del trabajo digno?

Le molesta que la gente que más tiene “cuente plata delante de los pobres”.

Sí. Me parece una falta de respeto y de sensibilidad con el hermano más necesitado.

Aunque es fácil criticar a los ricos cuando no lo somos. A un joven de La Unión, ¿no lo mueve también el afán de éxito y plata?

El egoísmo y el individualismo se dan en todas las clases sociales, pero un joven pobre tiene más posibilidades de “ver” lo que ocurre. Un joven rico tiende a pensar que todos viven como él. Y si llega a despertar a una conciencia social, no es fácil que persevere en ella. A medida que suben sus responsabilidades y sus ganancias, muchos van entrando a la misma indiferencia de la que habían salido. En esto se puede llegar a una ceguera increíble. Al menos, hoy la conciencia social está por muchas partes. Ayer se aceptó la esclavitud como algo muy normal. Y nosotros mismos vamos descubriendo de a poco las formas de esclavitud que todavía quedan.

¿Qué formas de esclavitud?

Conozco una señora que debe contentarse con ganar 100 mil pesos mensuales por atender un enfermo todos los días de lunes a sábado. No tiene libertad para salir de ese cautiverio. Hay personas que no pueden salir de su barrio por falta de plata para movilizarse…

Usted proviene de un entorno familiar y social bien relacionado con la clase alta chilena. ¿No le da por pensar que salía más a cuenta predicar a los ricos para que ayuden a los pobres?

No creo. Jesús se dirigió a los ricos, pero puso su mayor dedicación en los pobres. El Evangelio de Lucas nos recuerda que Jesús “fue ungido para anunciar la buena noticia a los pobres” (Lucas 4, 18-19). La buena noticia también es anunciada a los ricos, pero con la esperanza de que al recibirla, se pongan al servicio de los pobres. Por lo mismo admiro a los que se dedican a predicar a los ricos, pero no ha sido mi vocación, o muy tangencialmente.

A comienzos de los 80 escribió un artículo reivindicando “la acción y organización popular”, pero esos conceptos siguen asociados a revueltas que sólo producen huelgas y problemas.

Hay suficientes ejemplos de huelgas y movilizaciones bien inspiradas y bien conducidas como para que tengamos confianza en que el pueblo actúe cuerda y justamente. También está lo otro, y en esto nos pena lo que se ha vivido con los “encapuchados”. Pero hay que defender la organización popular como expresión legítima de grupos importantes que sufren en carne propia las carencias, y piden solución. No cabe duda de que hay un amplio sector postergado en la sociedad. Basta comparar los tipos de trabajo, sus remuneraciones, las posibilidades de educarse, de tratar la salud, de descansar, de cultivarse, etc. Ese sector no se mantiene pasivo, lucha, se esfuerza y logra metas importantes. Claro, también a veces se desanima.

¿Dónde está esa Iglesia chilena que en dictadura defendió los derechos humanos y la organización popular? ¿Ha perdido representación en el discurso público de la Iglesia?

Sí, la Iglesia ha caído en un silencio explicable pero no deseable. Era más fácil hablar y actuar cuando los derechos eran atropellados tan a menudo. Es más difícil cuando una democracia funciona relativamente bien y no se quiere tomar partido por un sector. Pero esto no debería impedir que nuestra Iglesia estuviera más presente junto a los pobres, como lo está pidiendo el Papa. Y esto no tanto por declaraciones solemnes, sino por la vida de cada día.

Si uno piensa en Jesús, piensa en alguien subversivo. Si piensa en el Vaticano, todo lo contrario. ¿Cree en el carácter subversivo de la Iglesia?

Sí. En la medida que sigamos el camino de Jesús, nuestro mensaje será literalmente subversivo, es decir, pondrá las cosas al revés.

¿Qué pasaría si siguiéramos el camino de Jesús?

Los pobres serían de verdad los más importantes, nadie estaría conforme con vivir en una gran mansión mirando que jóvenes parejas no tienen dónde estar. Los jubilados tendrían pensiones dignas, los salarios serían suficientes para una vida familiar normal. También las familias serían más estables, con un amor más fiel y paciente.

¿A usted lo han tratado de “cura rojo”?

Sí, en tiempos de la dictadura.

¿Y se identifica con sacerdotes que han causado polémica por sus reivindicaciones sociales, como Felipe Berríos o José Aldunate?

Esos sacerdotes son admirables por su testimonio de vida y sus reivindicaciones sociales. Son un ejemplo de lo que podríamos ser y hacer todos.

CÉLIBES Y CASADOS

La pérdida de credibilidad de la Iglesia, ¿tiene arreglo?

Lo que no veo reversible es la credibilidad que iba unida a una estimación por una institución venerable. Pero puede recobrar credibilidad una Iglesia más humilde, tal vez pequeña, pero muy fervorosa en su seguimiento de Cristo y en su servicio del pobre.

¿Prefiere una Iglesia con menos poder?

En el sentido de que el poder de la Iglesia sea la Palabra de Dios, no sus instituciones, sus edificios o sus relaciones.

“Imagino una Iglesia sin fetichismos”, dijo hace poco.

No lo recuerdo bien, pero tal vez me refería al exceso de interés por bendiciones, imágenes, templos y normas, con desmedro del ejemplo y enseñanza de Jesús. De pronto una persona nos busca anhelante por bendecir una imagen de Jesús, pero no sabe nada sobre lo que dijo Jesús…

Tanto el Vaticano como la Iglesia chilena han intentado cambiar su actitud ante los casos de pedofilia. El problema es que reaccionaron cuando se vieron con el agua hasta el cuello, ¿o no?

Efectivamente, respecto a la pedofilia y otras caídas se estimó antiguamente que lo mejor era dejar esos hechos en la intimidad y corregirlos, digamos, en familia. La realidad mostró que eso era imposible en nuestra época y que de hecho era inmoral. Podemos sufrir ahora por cada caso que se hace público y se castiga, pero enfrentamos estas situaciones con una claridad más conforme al Evangelio.

¿La cantidad de casos lo desconcertó o ya sabía que así era la cosa?

Nunca me imaginé que fuera tanto. Se dieron estos problemas en otro tiempo, pero menos. En todo caso, la situación actual no me impide estimar el celibato. Creo que esta plaga ha aumentado porque se han dejado los ideales, por la mayor búsqueda del placer fácil, búsqueda de comodidad, de poder.

¿Qué ha significado el celibato para usted?

Lo he estimado como parte de una entrega más total a Dios. No es una práctica aislada de la búsqueda de más pobreza o del servicio a los hermanos. Tampoco vale por su aspecto negativo, como si fuera un ideal no casarse. Lo positivo es entregar incluso ese afecto: renunciar a la vida de hogar, a tener hijos, sólo para seguir con todo a Jesús y servir a los pobres como él mismo lo hizo.

¿Pero se justifica que sea una condición para ejercer el sacerdocio?

A mí me gustaría que hubiera dos clases de sacerdotes: uno casado, más arraigado al lugar y al trabajo para subsistir, y otro célibe, dedicado a tiempo completo a un servicio pastoral, pudiendo ser trasladado a cualquier lugar en que se lo necesite.

Y con celibato voluntario, ¿podría haber también curas homosexuales, si son monógamos?

No tengo respuesta. No me convence mucho pero no me puedo negar a que llegue esa posibilidad.

¿Y el matrimonio homosexual?

Me gustaría que se reconociera esa unión con sus derechos y obligaciones mutuas, aunque dejaría el nombre “matrimonio” para la pareja heterosexual, por su historia y porque esa palabra viene de “mater”, madre, y la línea de la fecundidad biológica continúa a través de la pareja heterosexual. Aprovecho para expresar cierta incomodidad que produce este tema, porque casi no puede ser tratado con tranquilidad. Cualquier opinión como la que estoy expresando puede ser acusada de prepotencia, falta de comprensión, espíritu medieval, etc. Es bueno que se acepte una variedad de opiniones sin agresividad.

¿Y es bueno que un parlamentario defienda una posición en el Congreso argumentando que “eso dice la Biblia”?

No, no me parece. En el foro público hay que argumentar con la razón.

¿Está de acuerdo con el aborto terapéutico?

Me excuso de tratar este tema. No lo tengo claro y no quiero contribuir a la confusión del ambiente.

Es raro que un cura reconozca “no tenerlo claro”.

No es raro cuando se trata de un cura que recorre su nonagésimo año y cuando surgen tantos elementos nuevos sobre el tema. Sé que hay otros curas aún mayores que son más lúcidos y asertivos… No es mi caso.

ESPIRITUALIDAD

¿Son compatibles las formas de vida actuales con una vida espiritual profunda?

Me parece esencial que esa compatibilidad exista, y creo que para eso necesitamos un esfuerzo de retorno periódico al silencio. El silencio es una realidad muy bella y bienhechora que tiende a desaparecer de nuestra vida. Hay que ayudar a los niños a hacer pequeñas experiencias para que sientan el silencio. Y también a los adultos… Además, sería importante redescubrir la oración que brota de la lectura bíblica, por lo tanto darse tiempo para conocer el texto bíblico y convertirlo en contemplación, contemplación afectiva. Y otra cosa que también tiene que ver con la espiritualidad, es la posibilidad de que exista una mística colectiva liberadora; es decir, la contemplación de la obra redentora de Jesús presente en la fe del pueblo, en su esperanza de resurrección no solo para después de la muerte física, sino en el acceso a la justicia y fraternidad actual.

Aunque el remedio de la religión también puede ser peor que la enfermedad. ¿Qué siente al ver, como ocurrió en Francia, que defender a Dios sigue dando razones para matar personas?

Que la religión puede llevar a la más alta realización humana y también a la ceguera y al crimen en nombre de Dios. Pero la solución no es acabar con la religión. Mi respuesta es que por lo menos el Dios de Jesús, que envió a su hijo a caminar con el pobre y el marginado, no puede apartarnos de la tarea humana de liberar a una sociedad injusta. Aunque haya sido usado por sectores poderosos para someter a los pobres. Sus palabras están en la Escritura, y en los hechos están sus seguidores que han dado testimonio de su entrega, como Óscar Romero en El Salvador [arzobispo de San Salvador asesinado en 1980].

Usted entró al seminario hace 70 años. Si Dios no existiera, ¿igual habría valido la pena?

No sería lo mismo. Tal vez valiera la pena, pero la parte mística espiritual es central: que sea con Dios y para Él.

¿Cómo ha vinculado su vocación religiosa con otras fuentes de misticismo?

Yo he bebido sobre todo de las fuentes del misticismo cristiano que es muy rico: la Biblia, San Juan de la Cruz, Santa Teresa de Ávila, Juan Tauler, el Corazón de Jesús y el de María, San Ignacio de Loyola. Sobre místicos de la India o China, solamente artículos. Y la literatura también es una fuente para asomarse a la experiencia de Dios. Rilke, Hördelin, Neruda, Mistral, Dostoievski, son autores que me han marcado en esta línea. Todo eso me ha ayudado a vibrar interiormente con la presencia de Dios, como fuente del amor que actúa en Jesús.

Al final, para usted, ¿de qué se trata esta vida?

Para mí, se nos da esta vida para que nos demos a otros. La fórmula de la felicidad es vivir para los demás, y en lo posible esforzarse por hacer un mundo más humano y justo. Caminamos siguiendo a Jesús, que muere por todos y resucita en todos los crucificados de este mundo.

@ER
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